viernes, 24 de octubre de 2008

Un caramelo de serotonina por favor

Anatomía de la personalidad, la neuro farmacología cosmética.

Doctor tiene que ayudarme, no que se hacer con esta depresión, el psicoanalista lleva años enumerando mis traumas infantiles, pero yo sigo encerrada en mis conflictos, dijo la paciente contrariada.

Eso es comprensible querida, aclaró el Psiquiatra con autoridad, el freudismo podría compararse a la teoría desarrollada por un grupo de hombres primitivos que encuentran un automóvil e intentan explicar su funcionamiento sin ser capaces de abrir el capó. Observan la correlación existente entre la acción de pisar el acelerador y el avance del vehículo y elaboran una teoría sobre la existencia de algún mecanismo que conecta ambos hechos y que finalmente convierte un líquido combustible en movimiento de ruedas… quizás una ardilla gigante encerrada en una jaula al interior del vehículo.

Sin embargo, continúo el Doctor, no saben nada de hidrocarburos, de combustión interna o de las válvulas y pistones que llevan acabo la verdadera conversión de la energía en movimiento.

La paciente maravillada por tan erudita ilustración a la que ha sido expuesta -que ignora ha sido plagiada del filósofo Francis Fukuyama- comienza a enumerarle con toda confianza los motivos de su depresión al doctor.

-Ah ya veo, dice el Psiquiatra, así que no se siente tan atractiva como antes y por ese motivo, asegura que sus conocidos ya no toman en serio sus opiniones.

-No solo eso Doctor, mi hijo chico me estresa y no puedo dedicarme a ir al gimnasio como antes. No puede quedarse quieto, anda siempre jugando y corriendo por doquier, con tanta energía ¿Por qué no puede quedarse quieto frente a la televisión?

-Señorita Ugarte, su hijo sufre con toda seguridad de un trastorno de déficit de atención con hiperactividad, un mal muy común en estos días, millones de niños lo padecen, pero despreocúpese, un poco de Ritalina, y estará prestando atención como un conscripto y usted podrá volver a ir al gimnasio. En cuanto a sus problemas, déjeme revisar el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders de la American Psychiatric Association y encontraremos allí un trastorno que se adapte a sus síntomas.

El Psiquiatra revisa las paginas del manual, la paciente lo ve ansiosa, esperando el diagnostico que desea oír. La señorita Ugarte recuerda lo felices que se veían sus amigas luego de que el buen doctor las medicara. Le parecía tan injusto que ella tuviera que lidiar con la cotidianidad y los problemas rutinarios, mientras ellas podían sentirse tan maravillosamente consigo mismas con solo tomar una pastillita.

La señorita Ugarte no entendía mayor cosa sobre los niveles de serotonina de su cerebro, ni estaba muy interesada en saber como eso afectaba el control de su supuesta depresión si esos niveles se encontraban bajos, situación que no aplicaba a su caso.

Con la enorme cantidad de trastornos que aparecen en el Manual, donde prácticamente cualquier comportamiento humano puede ser catalogado como una enfermedad mental, la señorita Ugarte fue clasificada bajo el Trastorno de la Personalidad Borderline, lo que le hizo ganarse una suculenta dosis de Prozac para ser tan feliz como sus amigas.

Puede que dentro de la pantomima satírica que inventé sobre esta situación cotidiana, la anécdota tenga un tinte moralista. Cualquiera pueda argumentar que cada persona es dueña de su individualidad y de hacer con ella lo que desee, incluso tomar atajos médicos, no por su valor terapéutico sino por conseguir estar ‘mejor que bien’ anímicamente. Pero vale mostrar el alto grado de doble moral que hay a partir de esto.

Lo que se le “medicó” al hijo de Ugarte por moverse tanto como el niño que es, fue metilfenidato, que para no entrar en tecnicismos, es un estimulante del sistema nervioso que químicamente está muy relacionado con sustancias tan perseguidas como la cocaína, pero que es recetada a los niños a partir del kinder para aumentar su capacidad de atención y comportarse “correctamente”.

Los investigadores del Centro Cientifico Foresight de Inglaterra dicen que en un futuro estos estimulantes cognitivos podrían volverse tan comunes como tomar café y los niños puede que sean sometidos a pruebas similares a los controles de dopaje de los atletas para determinar si han tomado algún "estimulante cerebral" en época de exámenes.

El Prozac, por otro lado, suministra autoestima en pastillas. Eleva las concentraciones de serotonina del cerebro, con lo que el usuario se sentirá bien sea como sea. Un efecto parecido al de la droga conocida como Éxtasis, que también libera serotonina para generar profundos cambios de humor y de personalidad.

¿Es la infelicidad una enfermedad? Si lo es, vamos a estar siempre enfermos de vez en cuando porque la vida está llena de situaciones infelices, en mayor o menor profundidad. Bajo tal premisa, se debería empezar a vender caramelos de serotonina por la calle para que no tengamos que hacernos cargo de ningún tipo de dolor existencial. Muy al estilo de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley o a la pastilla azul de The Matrix.

Escrito para Revista Pimba en Noviembre 2006

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