viernes, 24 de octubre de 2008

"Agarrar la calle" Montevideo hora cero

Aún con la primavera iniciada, la brisa es gélida en la madrugada montevideana. Se escabulle dentro del cuerpo, sin guardarle respeto alguno a los rezagados que quedan en la calle. Deambulan por la noche, arruinando la foto turística de la entrada colonial de la ciudad portuaria. Una frazada, con tantos hoyos como tela, pelea en condiciones desiguales contra las últimas horas de oscuridad. La piel de un niño debe ponerse dura para aguantar cotidianamente ese frío, dura como la pasta base que recorre el barrio entre manos temblorosas para aliviarlo.

Tiene ese paso indiferente de quienes le han perdido miedo a la calle. Va por el pavimento, alado de la acera, desafiante, sin prestarle atención el resto de transeúntes y apenas a los autos que pasan a su costado. Fuera de esa aura de repelente convicción, aún se distingue un niño que tomó bajo préstamo obligado la mirada de un hombre duro, luego de haber acampado tantas noches en el territorio de asfalto. Su mirada; una cualidad que le es imprescindible al momento de encarar su poco apremiante papel en la escena del mágico Montevideo.

A su lado, va otro habitante callejero, mayor en edad, poseedor del mismo paso pendenciero. Comparten un porro de pasta base a plena luz del día, no tienen nada que ocultar, están paseando por el corredor de su casa. Aun cuando la Ciudad Vieja, corazón turístico de la capital uruguaya, está llena de policías por la Cumbre Iberoamericana, ni siquiera hay un dejo de preocupación por ellos en su actitud.

Oculta sus ojos verdes tras los pequeños parpados mugrosos y le da una profunda succionada a la pipa, libera una nube de humo y sigue su rumbo hacia el puerto, a la zona de aduanas, donde recomiendan no ir a los turistas, el lugar preferido por quienes no tienen un mejor lugar donde ir.

¿Su nombre? Podría ser Gastón u Omar, podrían apodarlo Huevo o Pastillas, su nombre es la moneda que la gente le da para que se aleje de ellos o una decima de una cifra estadística de Unicef que él nunca conocerá. Puede ser cinco pesos menos en el bolsillo de un turista o ser el número 77 de los 655 niños estipulados oficialmente que deambulan por las calles de Montevideo, aunque la cifra no gubernamental podía ser mayor. Solo los ciudadanos están debidamente censados.

El rostro de 77 ha mutado en los 3 años que ha vivido en la calle. Sus facciones se han puesto duras, sino también crudas, su rictus marcado y su cabello antes claro ahora es cenizo. Mas allá de la seguridad con la que aborda para pedir dinero, son sus ojos desorbitados los que incomodan más. Son una ventana de cristales rotos, que provocan la necesidad de que el furtivo encuentro termine pronto y sin más palabras. Pero es solo el mismo niño que días antes, arropado entre agujeros, rompía el corazón de quien lo viera dormir atrincherado entre cartones en su campamento improvisado de la Plaza Independencia. Claro, tenía los ojos cerrados en ese momento, no se movía y no interrumpía el trayecto a casa de nadie para exigir una moneda “por amistá”.

La primera diferencia que se nota entre el rechoncho Joaquín y 77, además de la mirada, es la sonrisa inocente desterrada del rostro del segundo. Joaquín también ha pasado buena parte de sus 11 años de edad en la calle, pero tal vez el contraste lo marca que él tiene un hogar adonde regresar cuando cae la noche. Aun cuando, según cuenta sin desviar su vivaracha mirada sobre sus posibles contribuyentes, a su padre se le “da vuelta la cabeza cuando toma”. Afirmación que se puede evidenciar con la ventana abierta que hay en su dentadura por interponerse entre él y su madre, cuando el padre agarró una cuchilla e intentó apuñalarla.

A pesar de este tipo de episodios, Joaquín resalta el cuidado familiar que le han dado. Cuando era mas chico y recién salía a “agarrar calle”, un auto le paso por encima y quedó con la pierna rota en medio del transito. Su familia lo llevo al hospital y lo cuidó en su recuperación, un lujo que otros de sus camaradas de esquina no tienen.

Joaquín no tiene una actitud de sobreviviente callejero tan notoria como la de 77. Ni siquiera va para la zona de aduanas porque dice que está lleno de malandros. Se la pasa alado de la churrasquería y saluda amistosamente con buena parte de la gente del barrio, que ya lo conocen como “el gordo”. Incluso cuando pasa una camioneta de la policía, también les levanta la mano, conoce a todos los “milicos”, según dice. Las monedas que guarda en su chancla, son para ayudar a su familia.

En el barrio de la Ciudad Vieja, la mayoría de niños callejeros no tiene una casa adonde volver, deben buscar algún escondrijo para pasar la noche inundada por el viento. Aún en primavera se siente el frío en la madrugada y es difícil tragar el hecho de que una agujereada frazada pueda combatirlo a la intemperie, cuando se tienen una. La piel se debe poner dura para aguantarlo, tal como la cara de 77, dura como la pasta base que no diferencia entre sus clientes y vendedores.

-¿Pero es para algo de comer, cierto? Le digo a un chico de ropa holgada y gorro que se me acerca trotando desde la otra esquina al divisarme. -Claro, solo quiero una chocolateada me dice, riéndose. Yo no le creo por completo, le digo que solo tengo un billete de 20 pesos y que no le puedo dar tanto. Entonces saca, fragmentado en monedas, 15 pesos y me dice que le de el de 20 y el me da lo suyo. Se perfectamente que hay una alta posibilidad de que me engañe, pero pienso que no deja de ser un niño solo por el hecho de estar en situación de calle. Aunque esperar un engaño es un prejuicio empíricamente valido, quiero darle la oportunidad de que me pruebe equivocado. Agregó que al otro día era su cumpleaños con lo que me ablandé un poco mas. Con 35 pesos en su mano, se dio media vuelta y se fue calle abajo, no lo perseguí. A la noche siguiente se me acerco de nuevo, sus ojos estaban un algo perdidos, su rictus estaba más marcado, la pasta base le recorría la cabeza, comprada posiblemente con mi auspicio.

Hay un diferencia marcada entre quienes tienen familia y los que no. Los primeros pasan en promedio unas cuatro horas al día en la calle, los otros no la abandonan nunca, a pesar de que existe la opción de mudarse a un hogar de la INAU*, siguen prefiriendo la calle. En esos hogares son tantos los que ingresan como los que escapan al sentirse en cautiverio.

Montevideo recibió un tratamiento facial exhaustivo durante el fin de semana para ser un digno escenario de la Cumbre Iberoamericana, para que entre otras cosas, 77 y el Rey de España no tengan contacto visual. Se gastaron 800 000 dólares en este objetivo. El triple de lo que se usará para desarrollar el Programa Integral de Atención para niños de la calle.

Todo tiene una linda cara por ahora, pero el fin de semana entrante, sin las barreras de seguridad y excesivo control policial, esas pequeñas pecas desafiantes caminaran por encima del maquillaje de Montevideo, una vez más.

*Datos del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay.

Escrito para la Facultad de Comunicación de la Universidad ORT en noviembre 2006

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